El dueño de un pequeño comercio, aquí en Santa Cruz, abre todos los días con la esperanza de vender un poco más. Ha visto cerrar a muchos amigos que no pudieron aguantar la crisis, ahogados por las deudas y la falta de ventas. Pero las cosas han cambiado. El turismo ha seguido funcionando y se nota que las cosas van mejor. Y después de hacer números, ha pasado de tener dos empleados a contratar una persona más, porque quiere ampliar el horario a los fines de semana.

Las tres personas que trabajan en su negocio son clientes de la panadería, del supermercado y de las tiendas de la ciudad. Y el sueldo que él les paga es lo que permite vivir a otros comerciantes y empresas. En la isla de Tenerife cambiamos el dinero de mano y nos distribuimos entre todos parte de la riqueza que nos deja la venta de servicios turísticos, nuestra principal fuente de ingresos del exterior: desde los restaurantes a los comercios o las empresas de alquiler de vehículos.

De las ciento treinta y pico mil empresas que hay en nuestras islas, apenas hay cinco mil que pasen de diez trabajadores. Todas las demás son pequeñas. Todos queremos siempre mejorar pero ahora toca que mejoren las rentas más pequeñas. Cuando estos días he lanzado el debate de los salarios me he referido a esos que ganan poco. Que con la crisis las han pasado canutas y que todavía siguen renqueando. Desde luego a muchos que trabajan por cuenta ajena pero también a los pequeños autónomos que siguen teniendo rentas exiguas. Cuando hablo de subir salarios estoy también  refiriéndome, en parte, a autónomos y pequeños empresarios que sudan la camiseta para mantener a flote sus negocios.

Pero esto no lo vamos a cambiar si no nos implicamos todos. Y si permitimos que los grandes se escondan detrás de los más pequeños. Grandes empresas que siguen acaparando una parte cada vez más importante de las rentas que generamos todos. Constructores, bancos, grandes empresas de servicios que no han subido salarios desde la crisis a pesar de que a ellos les va bastante bien.

Todos somos conscientes de la situación de pobreza en la que viven muchas personas en Canarias. Lo sabemos. Conocemos algún caso muy cerca de nosotros. Tenemos más de trescientos mil pensionistas de los que más de la mitad viven con poco más de seiscientos euros mensuales. Y hay más de cuarenta mil personas que malviven con poco más de trescientos euros. El retrato que dan de nuestra sociedad los estudios de organizaciones humanitarias, como Cruz Roja o Cáritas, es para helarnos la sangre en las venas. Tenemos pobres. Tenemos familias donde no entra ningún salario. Tenemos niños que acuden cada día a los comedores sociales. Tenemos personas que están al borde de la exclusión social y de la marginación, ancianos que se quedan abandonados a su suerte y solos en sus hogares.

“La única herramienta duradera para luchar contra esa pobreza es el empleo”

La única herramienta duradera para luchar contra esa pobreza es el empleo. Un trabajo digno y un sueldo razonable es el hormigón con el que se construye el pilar más sólido de una sociedad. El sudor con el que ganamos el pan merece un salario digno. Los sueldos siguen sin subir. Y el empleo sigue siendo más precario de lo que debiera. Hace dos años, los beneficios empresariales de las grandes empresas españolas se dispararon. Según el Banco de España, los salarios de estas corporaciones bajaron un 0,3 % mientras que en las medianas y pequeñas empresas subieron entre el 0,8 % y un punto. Los pequeños están haciendo el esfuerzo, los más poderosos no.

Cuando llegó la crisis económica, en 2008, la gran factura cayó sobre los sueldos de los trabajadores. Y sobre el empleo. Y detrás les siguieron los autónomos y los pequeños negocios que echaban el cierre por docenas. Salimos adelante, pero hubo un precio. Lo podemos ver en los informes si es que no queremos salir a nuestros barrios para verlo cara a cara. Hoy no sólo tenemos una pobreza que afecta a los parados y pensionistas: tenemos también trabajadores pobres. El director de Cáritas lo ha dicho esta misma semana: hay trabajadores que tienen que pedir ayuda porque no llegan a cubrir las necesidades básicas de su familia.

No se puede vivir ignorando ese problema. La recaudación fiscal de los impuestos al consumo está subiendo. El sector servicios sigue funcionando a toda máquina. Las empresas de la construcción ganan importantes contratos de obra pública. Los beneficios de las sociedades han vuelto a situarse en el porcentaje de PIB que tenían antes de la crisis. ¿Cuándo le va a tocar el turno a los trabajadores? Las cifras de la pobreza, del paro y de la población en riesgo de exclusión social son indignas e inaceptables. No podemos cerrar los ojos ante la tragedia diaria de familias que no llegan a fin de mes con el sueldo de uno solo de sus miembros. Tenemos que acabar con esa situación. Y cuanto antes.

Las administraciones públicas han dado ejemplo aumentando el salario de sus trabajadores y este año vamos a hacerlo es también. Y se han tomado medidas que suponen algo de alivio fiscal para las personas y colectivos más necesitados. Se han destinado muchos recursos a planes de empleo y a iniciativas de inserción laboral. Nos hemos dejado la piel trabajando —con el dinero de todos los ciudadanos— para conseguir crear empleo para todos ayudando a las empresas. Ahora falta también el compromiso de los que de verdad hacen funcionar la sociedad. De los empresarios que han tenido la iniciativa de poner en marcha una idea que funciona. Ellos son los que ahora deben empezar a crecer y a hacer crecer con ellos la calidad y el salario de sus empleados. Producir más y mejor con mejores trabajadores y mejores salarios. Esa es la bandera de los tiempos que vendrán, la de un empresariado moderno y con vocación social y unos trabajadores formados en la excelencia y comprometidos con sus empresas. Conozco muchos empresarios que participan de esta iniciativa y lo que tenemos que hacer es ayudarla a que avance en el debate social.

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