Hoy escribo con varias manos que no son mías, con muchos recuerdos, con sentimientos inmensos que ahogan. Escribo este texto junto a Ana, mi mujer, que tiene en sus manos y en su cabeza la misma ansiedad por no perder la traza, por conservar el recuerdo de un amigo.

Tengo en mi habitación una de las fotos que más me gustan de las tantas que les hemos hecho a mis hijos. En ella, el mayor, que tenía 7 añitos, rodea por el hombro con su brazo derecho al pequeño, por entonces de sólo 3, mientras sostiene en su mano izquierda unas espigas de trigo. Esa foto fue hecha en la finca de nuestro querido amigo Pedro Molina, en una preciosa tarde de junio de hace ya varios años. Me gusta no sólo por las caritas de felicidad de mis niños sino también porque me recuerda el paseo que dimos ese día con Nena y Pedro hasta el barranquillo que estaba al fondo de la finca, y el rato que pasamos sentados en un banquito debajo de un árbol, hablando y viendo la tarde pasar.

La anécdota no tendría ninguna importancia si no fuera porque el domingo pasado acudimos Ana y yo, como tantas otras personas, a despedir a Pedro y a acompañar a Nena y al resto de la familia en este penosísimo trance de su pérdida. Y allí estaban. Sobre el ataúd en el que descansaba su cuerpo había unas cuantas espigas de trigo, símbolo sin duda de la condición de hombre aferrado a la tierra y a la vida que Pedro supo llevar siempre con tanto orgullo y fuerza, pero para mí también símbolo de los buenos ratos que pasamos juntos, y que ahora, con su injusta ausencia, quedan como fotos fijas en la memoria, con la dolorosa certeza de que no se volverán a repetir.

Pedro era un hombre íntegro, cabal y sabio, con el que nunca hablé sin aprender algo nuevo. Tenía una mezcla de fortaleza y sensibilidad que sólo se da en las personas que saben el valor de las cosas importantes. Con las mismas manos enormes y fuertes con las que trabajaba la tierra era capaz de sostener delicadamente un pollito para que nuestros hijos lo acariciaran y entendieran el milagro de la vida, que se renovaba constantemente en su granja. Sin duda era la manera que tenía la naturaleza de agradecerle sus desvelos y las horas que él siempre le dedicaba. Tal vez ese contacto diario con la tierra le dio la serenidad con la que afrontó su enfermedad, con la certeza de que algún día volvería a formar parte de aquello que tanto amaba.

Las manos de Pedro olían a tierra. Manos curtidas por el trabajo y el esfuerzo, manos firmes que al tenderlas, demostraban la honestidad del gran hombre que era. Manos que jamás se separaron del campo al que dedicó prácticamente toda su vida. Manos y pensamiento que han estado en esa labor diaria incluso cuando fue concejal del Ayuntamiento de La Laguna o cuando cuidada de los jardines del hospital universitario. Porque Pedro si algo fue a lo largo de toda su vida fue un trabajador y un pensador incansable, capaz de fajarse con cualquier cosa y con cualquier reto, fuera grande o pequeño.

Con claridad de pensamiento, con firmeza de carácter, con lenguaje aparentemente sencillo pero demoledor, con sentido común y con ese espíritu profundamente tinerfeño y canario, Pedro fue una persona que no dejaba a nadie indiferente. Todos conocemos esas frases que se inventaba o que oía en su cabeza porque siempre estuvieron allí, en el pensamiento del campo: la diferencia entre el inteligente y el listo y que no es otra que de listo te puedes pasar; su definición del interés general (o como explicaba que cada uno va a lo suyo menos yo que voy a lo mío) o los ejemplos que explicaban al milímetro el comportamiento humano. Pero había algo más, en su mirada, en su gesto, en cómo ponía las manos delante de la cara cuando yo lo desesperaba, en como transitaba en los caminos que frecuentaba, eso hablaba más de lo que él trabucaba. Habla en definitiva de algo que era lo más importante de Pedro. Que fue un hombre feliz porque era bueno.

Nos cuesta sentir, escribir, hablar de él en pasado. No quiero despedirme de él. No quiero sentir este vacío. El vacío que deja por las cosas que nos decía que hiciéramos y que no hemos terminado, por las ideas que compartíamos y que ahora quedan incompletas, por los problemas que aún nos estarán apurando sin él. Todo eso necesita de Pedro. Porque siempre pensé que las personas que quieren hacer cosas nunca se acaban. Porque siempre pensé que su enfermedad era otra tarea que tenía y que, como él decía, no iba a acabar con él. Los dos se toleraban, como otra tarea más inacabada.

Pedro no se ha ido porque no se han ido todas esas tareas. Que hay que empezar. Que hay que acabar. Que él nos dice que hay que hacer. Sabiendo que nunca las terminaré porque me gusta que él siempre esté conmigo. Y Pedro no se ha ido porque Pedro no es sólo él. Pedro es también Nena, su hijo Pedro, Cacho. Pedro fue su padre, su madre o su hermana, a la que conocí a través de él, Pedro es también Jose Antonio, su hermano. Pedro es Felix, Pedro es Manolo Expósito, Pedro fue Antonio Tosco. Pedro son todos esos amigos y compañeros. Leales a una forma de pensar. Fieles de la honestidad. Y leales también al campo y a La Laguna.

 

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